La gran hermana y las nuevas beatas: critica y comentarios sobre el libro “Feminicidio y auto-construcción de la mujer”

 

Un ensayo sobre el libro “Feminicidio y auto-construcción de la mujer” por Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora.
Will Foreman en colaboración con Dani Baldrís.

Feminicidio FacebookPartiendo de la persuasión de que el movimiento feminista del siglo veinte no sólo no ha mejorado las condiciones laborales y afectivas de las mujeres sin un sacrificio pagable en un sistema que las proteja -el asalariado- sino que el mismo movimiento feminista habría contribuido directamente a esta subyugación, Prado Esteban y Félix Rodrigo han producido este exhaustivo y fascinante ensayo, que examina en detalle la relación de la mujer con el Estado, principalmente rastreando la situación de la mujer española en el transcurso de los últimos dos siglos desde la Revolución Francesa.

A lo largo del libro, los autores desenmascaran a un buen puñado de figuras clave del pensamiento feminista vinculadas a las diferentes instituciones de la esfera de la Mujer y examinan su influencia en la vida cotidiana. Citan, por ejemplo a Simone de Beauvoir para quien “La gestación es un trabajo fatigoso que no ofrece a la mujer ningún beneficio individual y le exige, por el contrario, pesados sacrificios”, ilustrando así cómo desde la línea intelectual se ha promovido una renuncia a la familia como modus vivendi para incorporar a todas las mujeres a los trabajos “productivos”, es decir los trabajos que le van mejor al cosmos capitalista, y que representan un pesado sacrificio de otro tipo, puede que menos natural y divertido.

Esteban explica cómo la expresa segregación de hombres y mujeres llevada a cabo desde éstas instituciones, termina desacreditando la capacidad de decisión tanto del hombre como de la mujer, demonizando a los varones y castrándolos como pretendían ciertos sectores del movimiento feminista. Una prueba de este hecho en España, señala Esteban, fue la Ley Integral contra la Violencia de Género del año 2004. Enfrentar al hombre y a la mujer para que vayan lloriqueando -por separado-, a las autoridades que más parece convenirles, sin darse cuenta de que son los mismos organismos armados con las doctrinas de separatismo las que les han provocado el conflicto, es, según Esteban, un ejemplo del funcionamiento de un sistema politico basado en polarizaciones sustentadas en una bien dirigida interpretación histórica de los hechos, y constituye un hilo conductor del libro. Hay que recordar que actualmente los hombres tienen menos recursos, por ejemplo, delante un eventual desacuerdo sobre la custodia de los hijos, y resulta que no podemos ni amar a la pareja ni tener una familia sin pasar por el tubo de las numerosas ventanillas y filtros institucionales o tradiciones familiares y sociales. Esta situación probablemente se originó en el momento en que las sociedades empezaron a organizarse, especialmente cuando los “organizadores” trabajaban con dudosos fines relacionados con hacerse con el poder, ofreciendo protección al más puro estilo gángster advirtiendo contra “aquello que os puede pasar”. Desde principios del siglo diecinueve estos filtros se vieron reforzados al convertirse en ley escrita y publicitada como si fueran ley de vida, gracias, en muchos casos, al esfuerzo de ciertas estrellas bien pagadas del mundo académico.

Como muestra de una alternativa distinta al panorama actual, la autora alude a épocas en las cuales las mujeres tenían una mayor libertad de movimiento y de pensamiento que la que tienen ahora; como seria el caso de las segadoras que iban de pueblo en pueblo siguiendo las cosechas, ya que se hallaban más libres para relacionarse con hombres y mujeres que pensaban de una manera diferente a la suya. Al contrario, hoy en día, muchas mujeres encuentran que tienen que pedirle permiso al jefe para tener un hijo, ya que el condicionamiento económico de la necesidad de un salario las ancla más al mercado de trabajo que a la familia, los amigos y, aún peor, las distancia de sí mismas, de su autenticidad de espíritu. Entonces la familia deviene una obligación en lugar de una alegría. Se ha llegado a tal extremo que en los currículos de algunas aspirantes para determinados puestos de trabajo se ostenta, como uno de sus atributos, la ligadura de trompas. Las mujeres, al incorporarse al mundo del trabajo asalariado y competitivo -antiguo fuero exclusivo de los hombres, los cuales se hallan ya integrados en el mercado de trabajo al menos desde la Revolución Industrial-, han tenido que adaptarse a las reglas y a las exigencias de dicho mundo, una adaptación que les exige bastante más que llevar tacones altos y el pelo alisado.

Las mujeres compiten por los puestos de trabajo de los hombres, pero ¿sirven para algo estos trabajos? Con frecuencia se vanaglorian los éxitos de aquellas mujeres que llegan a perforar el techo de cristal corporativo -logro al que muchas supuestas feministas llaman realizarse-, pero para llegar a los puestos de mando empresariales una mujer tiene que adoptar las actitudes agresivas vinculadas a tales puestos, es decir no tanto masculinizarse (ya que el Macho Man no es una característica innata en la gran mayoría de los hombres) sino adherirse a un sistema político basado en el acaparamiento, la competencia y la codicia individual. Entonces, las mujeres se convierten en meras consumidoras de artículos inútiles aunque bonitos, manufacturados absurdamente por otros hombres y mujeres que a su vez compran -si les queda algo de salario después de satisfacer sus obligaciones al Estado y a las entidades financieras, los vendedores de miedos-, más objetos producidos en la lejanía por gente atrapada en el círculo vicioso de la pobreza industrial.

En Feminicidio, los autores esbozan cómo al Estado le puede interesar provocar un antagonismo entre hombre y mujer de la misma manera que lo hace con regiones y razas para mantenernos divididos: sembrando la semilla de la discordia. Por eso, según Esteban, el feminismo oficial -justificado en base a la aplicación de políticas teóricamente ‘pro-mujer’-, tiene un efecto contrario al que dice proponer en el sentido de que quita responsabilidad individual a las féminas, ya que dicta cómo tienen que pensar y como comportarse, con lo que acaba por disminuir su participación activa en las estructuras de la sociedad, minando su papel personal entre la gente. Al fin y al cabo, les atontece, haciéndolas dependientes de las instituciones y así reduciendo las posibilidades de emancipación tanto para ellas mismas como para el conjunto de la sociedad.

En este sentido, la autora discute la Ley Integral contra la Violencia de Género como un ejemplo de cómo el Estado institucionaliza lo que popularmente se entiende como machismo, al promover la visión de la mujer como ser inferior, perpetuando el mito de persona incapaz de valerse por sí misma -¡nada más lejos de la verdad!- la cual tiene que vivir protegida bajo la tutela de una organización social fundada sobre las arenas movedizas de lo mercantil.

En contraste, discute Esteban, el mundo colectivista rural preindustrial -al menos en tiempos de paz- daba muchas más oportunidades de protagonismo a las mujeres aunque la revolución industrial iría avasallando a los hombres en las minas y en las fábricas. Sin embargo, una foto de época que retrata a un hombre y a una mujer abrazados en éxstasis en las fiestas de su pueblo no constituye una prueba fehaciente de las delicias bucólicas de antaño y menos aún sirve para reclamar un superávit sentimental campestre generalizado. Una foto así también se puede sacar hoy en día delante de cualquier sala de baile, fiesta de cumpleaños o en el parque si eres un fisgón fotográfico. El libro es criticable en este aspecto, ya que Esteban y Rodrigo tienen una cierta tendencia a justificar teorías a partir de advenimientos poco convincentes, a la vez que insisten en que hay que buscar la verdad, espejismo en el cual caen muchos investigadores e historiadores. Si fuera cruel, llegaría a decir que manipulan datos, utilizando la misma demagogia que aseveran desdeñar. No obstante, también hacen referencia a la obra de Cervantes para rebatir la percepción moderna de la mujer como víctima, y la poca información disponible sobre el cristianismo primitivo sugiere que las mujeres de la época eran igualmente o más activas que los hombres. Puede que nos hayamos tragado tanta historia escrita por los vencedores (la única ampliamente difundida) que ya sólo veamos confirmación de ella.

Aunque a los secuestrados de nuestro mundo industrializado, al principio el libro les pueda parecer fácilmente descartable como una teoría de la conspiración al uso, al ir entrando en la lectura te das cuenta de que bajo los fulminantes ataques al Estado del bienestar yace la convicción de que la supuesta condición humana que nos hayan (y nos hemos) hecho zampar, desde hace siglos, como si fuera una verdad absoluta, no es en absoluto irrefutable. Pero para avanzar, primero hay que dejar de considerarse víctima de una historia mitificada y dejar de buscar respaldo en las anacrónicas e inválidas definiciones de los papeles de hombre y mujer. El concepto de autoconstrucción de la mujer suena bien en el sentido de que una tenga total libertad de consolidar su propia identidad, hasta que llegas a vislumbrar hasta qué punto la mencionada autoconstrucción se produce -contaminada por un narrativa social bastante tóxica-, bajo el encanto de una falsa ilusión de seguridad y protección, por lo que el libro bien podría haberse subtitlulado “autodestrucción de la persona”.

Prado Esteban es heredera de la tradición de Olimpia de Gouges, la activista de la Revolución Francesa guillotinada por contrarrevolucionaria en gran parte por su insistencia en no diferenciar entre hombre y mujer, reclamando el sufragio no solo para los varones: posición contraria a la de la redacción de las leyes de la época que sofocaban a la población femenina, leyes que fijaban, por un lado, sus obligaciones, y por otro, su falta de derechos. Además, tanto de Gouges como la autora infieren que cualquier ley o doctrina que procure encasillar a las personas, por medio de divisiones desnaturalizadoras, dificulta el libre albedrío de eligir a los compañeros de viaje de la propia vida y, por tanto, atenta contra la libertad de establecer relaciones sociales y personales de más calidad y liberadoras. Feminicidio no deja indiferente. Tremendamente humano, es de los pocos volúmenes que se pueden encontrar que marcan un verdadero antes y un después. ¡Buena lectura!

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