REFLEJOS cumple un año…

Después de recibir feedback de dotze mesosmuchas personas que han leído en el último año o la versión inglesa Reflections o la castellana Reflejos, creo conveniente hacer algunas observaciones, ya que puede que muchos lectores no hayan pillado el sentido del libro, sea por resistencia, prejuicios o bloqueos mil. O por mi manera de explicarme jeje.

La primera observación seria respeto al primer párrafo del libro -una cláusula legal (“disclaimer” en inglés)- con la cual hago constar que al lector que no saca nada simplemente no lo habrá leído de la manera que a mi me habría gustado, ya que la historia es suya, la mía sólo viene de paso. Quizás se puede justificar tal punto de vista precisamente porque no puedo insistir en que se lea de una manera específica, aunque lo precise con bastante entusiasmo. A ver si la cosa se anima y saco una edición mejorada en la cual detallo que lo que interesa no es tanto lo que sale escrito, ni “lo que te hace pensar”, sino “lo que te viene a la cabeza” y, en un mundo perfecto, eso lo apuntarías en vez de limitarte a subrayar un trozo de frase. ¡Qué frustración la mía! ¡Qué despecho!

Al empezar a escribir, me encontré ante un dilema. Podría convertirlo en un libro de autoayuda al uso, es decir dar instrucciones conductistas de cómo comportarse en pareja -es decir como retar a tus propias imperfecciones en vez de volcarlas encima del otro- o, por otra parte, formatearlo para lo que quería yo: para que llevara, sin apenas esfuerzo, flotando por el mismísimo cosmos, a la formación de impresiones e imágenes en la mente del lector. De ninguna manera era mi intención dictaminar ninguna doctrina de pensamiento, ya que ésta obligaría al lector a polarizarse, aceptando o descartando lo que lee según su visión del mundo. Eso sí, espero haber cabreado a más de un fundamentalista.

Tenemos mucha tendencia a querer encasillar y clasificar, pero meter, por ejemplo, a los sentimientos vividos en cajitas precintadas -Rabia, Tristeza, Felicidad, Imposible o Me Engañó el Cabrón- dificulta la interacción entre dichos sentimientos, aunque de entrada parece convenirnos “entender” el mundo de esta manera, por ser el camino más fácil. Un sitio para todo y todo en su sitio, bla bla. Sin embargo, la diferencia entre entender (clasificar, nombrar) con la mente racional, o llegar a integrar emociones plenamente, es proporcional a tu capacidad de vincularlas entre sí, en vez de separarlas. Crear nuevas pistas neuronales y redes de conexión.

El libro fue el resultado de unas circunstancias de la vida que, hablando claro, me dejaron bastante jodido. Como los libros de autoayuda con sus acarameladas piedades no me solucionaban nada, y no es cuestión de emborracharse cada día, y tampoco tenía pasta para comprar moto para distraerme, empecé a leer de todo sin parar, desde las más retorcidas teorías sobre el psique humano hasta la poesía Sufí, pasando, por supuesto, por Cómo Superar El Desamor. Llegué a la conclusión de que muchos campos académicos y/o frikis decían más o menos lo mismo -cosas que me interesaban-, pero parecía que tenían cierta dificultad en comunicarlo incluso entre sí y aún menos a un público profano -yo en este caso- por culpa de la terminología que emplean. Y luego resulta que el juego consiste en eso, usar palabras sólo reconocibles por los iniciados en el sector. Otra vez, se levanta la barrera lingüística, reforzando las divisiones entre tribus rivales con sus triviales rabietas, con los demás como carne de cañon. Venga, y os lo sirvo triturado y todo.

Cómo no hay revolución que valga si te prohiben bailar acabé jugando con trucos lingüisticos y visuales dentro de los relatos tales como meter en él escenas que aparentemente interrupen la lectura y frases demasiado largas sin puntuación que parecen errores de edición por no decir mal traducidas. Bueno, también, hay errores, de edición, y traducciones, mías, -ajém- no muy fluidas. Pues con esto, mi idea era la de probar una técnica (provocar el Pensar Sin Palabras) para entrenar la materia gris a no interpretar y etiquetar al instante aquellas memorias de acontecimientos que a todos nos vienen a la cabeza de vez en cuando: la mayoría siendo referencias a sucesos mal digeridos. Vale, es agradable recrearse en las nostalgias de color rosa, pero el riesgo que conlleva evitar pensar en situaciones o comentarios que nos han dolido es el de debilitar las conexiones entre las diferentes funciones del cerebro, a la vez que significa tener que malgastar energía en reprimir las memorias “negativas”. Pensar sin palabras, sin juzgar, permitirte contemplar aquello que parece hacerte daño, te deja ver éstos incidentes desde fuera, y si todo va bien, perderás el mal costumbre de querer interpretar y acotarlos sin realmente haberlos comprendido. Dejar que las conexiones neuronales campen a sus anchas tiene un efecto sorprendente. De repente, te encuentras libre para perder el miedo a aquello que te provoca temores. Y aceptarte por el imbécil que has sido hasta ahora.

¡Un saludo a todxs!
Will
Noviembre 2015

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