Otto Rank y el Mito del Nacimiento del Héroe

Parte 1: El retorno de la oveja negra
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Para algunas personas, el mismo acto de nacer es en sí mismo un milagro, ya que las probabilidades de vivir felices están apiladas en contra suyo, aunque no nazca en un mundo de escasez material. En el momento del nacimiento, el niño o niña puede encontrarse predispuesto – si no predeterminado – a llevar una vida de restricciones y autolimitación, o a padecer sucesos que no tienen nada que ver con ellos personalmente.
Nacimiento heroe   En el Mito del Nacimiento del Héroe (1909), Otto Rank describe uno de los mitos universales encontrados en casi todas las sociedades del mundo: el no nato se encuentra sujeto a un veredicto profético acerca de su futuro. El oráculo en sí no tiene porqué ser un chamán o adivino y suele ser una figura familiar o miembro de la tribu: tío, abuela, padre, madre, vendedor de seguros o cualquier combinación de éstos u otros.

Estas predicciones, a menudo meramente susurradas en la cocina o incluso acalladas, se hacen respecto al desarrollo del niño a través de la aplicación de las esperanzas y miedos –incluso, por desgracia, el deseo de venganza- que emana de su alrededor inmediato. Paradójicamente, las ofrendas a los dioses para garantizar la protección del bebé podrían representar actos de cobardía, no de fe.
Una actitud hostil hacia el niño, a menudo debida al miedo de un padre o madre a haber engendrado un rival, un sucesor, alguien que les obliga a cuestionarse o, simplemente, una responsabilidad a la que se encuentra incapaz de adaptarse, bien puede proyectarse hacia fuera, hacia el grupo social cercano; es decir: que el veredicto profético del oráculo se emplea como arma de defensa, echando mano de cómplices para reforzar las inseguridades y resistencia al cambio del progenitor e incluso a su miedo a hacer daño al niño, sea físico o psicológico. A pesar del sentimiento de afecto, el padre, madre o perro evitan acercarse al peque para esquivar sus propios temores, provocándole al niño sentimientos de abandono e incertidumbre.
Incluso antes de la adolescencia, el niño puede sentir entonces la necesidad de castigarse por esta separación por medio del auto sabotaje, tanto corporal como espiritual, cumpliendo así la profecía, aunque sea falsa en relación a su propia esencia. La dificultad radica en convencerle a él o ella de que la profecía se basa en una falacia muy arraigada en el seno de la familia o en el sistema de creencias tribales, y, más difícil todavía, que con la suficiente fe, puede romper con la tradición transmitida de generación en generación, para finalmente trascender la profecía y, con ello, regresar al redil como héroe o heroína, con el suficiente conocimiento de los mecanismos involucrados para transformar las creencias del clan.
Esa fuerza, sin embargo, sólo se consigue al entender que la vida prevista para la criatura no es un camino fijo obligado, luego sólo podrá escapar de las garras del fatídico veredicto aceptando que la persona afectada -padre, madre etc- se encuentra incapacitado para cambiar su actitud hasta que el niño/niña y, en especial, otros miembros de la familia, le demuestran que sus temores (sus inseguridades, de como portarse con el niño), son infundados. Es decir, que con una palmadita en el hombro, la familia deje de sustentar la profecía con falsa compasión, ya que vivir pendiente de un cambio espontáneo que nunca llega puede amargarles la vida a todos.

The Myth of the Birth of the Hero (or Heroine). Part 1: The black sheep returns
For some people, the very act of being born is in itself a miracle: the odds are stacked against them though they may not be born into a world of material scarcity. At birth, they may find themselves predisposed, if not predetermined, to lead a life of restraint and self-limitation or of suffering for events which have nothing to do with them personally.
In the Myth of the Birth of the Hero (1909), Otto Rank describes one of the universal myths found in almost all societies across the globe: that of the unborn child subjected to an oracular verdict concerning its future. The oracle as such need not be a shaman or soothsayer but is more frequently a familiar figure or member of the tribe: uncle, grandmother, father, mother, insurance salesman or any combination of these or others. Predictions, often whispered in the kitchen or simply unspoken are made as to the child’s development through the application of the relevant hopes and fears – even a desire for revenge for their own infancy – emanating from his or her surroundings and the tribal force-field. Paradoxically, any offerings made to the gods to guarantee the child’s well-being may then represent an act of cowardice, rather than faith.
A hostile attitude towards the child, often due to a father or mother’s fear of having engendered a rival, a successor, someone who will force them into questioning themselves or simply a responsibility with which they are unable to cope, may well be projected outwards: the oracular verdict being used as a weapon of defence, an excuse for their own insecurities and resistance to change, or even their fear of hurting the child, whether physically or psychologically. Despite feeling affection, the father, mother or dog may distance him or herself from the child to avoid their own anguish, provoking a fear of abandonment and uncertainty in their offspring.
Even before adolescence, the child may then feel a need to punish themselves for the abandonment, the lack of a secure base, by means of self-sabotage, perhaps both bodily and spiritual, thus fulfilling the prophecy, however false that may be in relationship to the child’s own essence. The difficulty lies in convincing him or her that the life drawn out for them is based on a fallacy engrained in the family or tribal belief system, and that with sufficient faith in themselves they may break from the rigid tradition handed down from generation to generation, to finally transcend the prophecy and with it, return to the fold strengthened, a hero or heroine, with sufficient knowledge of the mechanisms involved to make the necessary changes in these clan beliefs.
Such strength, however, may only be obtained by understanding that the life which had been prepared for the child is not a predetermined obligatory path to be followed, and that they can only escape from the clutch of the oracular verdict by accepting that the instigator – mother, father or others – cannot change their attitude until the child and other family members show them that their fears are unfounded, that is, to give up the useless wishful thinking that the change will be spontaneous. With a pat on the shoulder and the refusal of blind compassion, the family will no longer endorse the false prophecy which has for so long been making life difficult for all.

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