La meditación sensorial y el umbral de consciencia

Will in pool cropEn la novela American Rust (Óxido Americano, Philip Meyer 2009), hay una escena en la que se describe nuestro antihéroe Billy Poe en una jornada de caza en solitario. La espera del paso de un ciervo por el claro del bosque significa tener que mantenerse inmóvil. Rifle en ristre, Billy entra en una especie de trance, todo su persona en ralentí, el corazón desacelerado al mínimo necesario para mantener el flujo sanguíneo, la respiración reducida a menos de un susurro, todos los músculos relajados, la mente apagada con excepción de lo puramente sensorial. Olfato, oído y visión no aumentadas sino priorizadas ya que no hay distracciones verbales: no hay pensamiento.

La meditación puede tomar muchas formas y no es del todo necesario practicarla con las piernas cruzadas, la columna vertebral en línea con el centro de la tierra, las palmas hacia los cielos. Puedes encontrar tiempo en tu vida diaria para desconectarte de tus pensamientos y para arrear el artilugio directamente desde el disco duro; es decir, permitirte que las imágenes y semillas de intuición broten y te lleguen libremente del inconsciente, la sombra. Hay abundantes actividades que proporcionan un relajante efecto parecido, incluso la pesca contemplativa o la construcción de un muro, desyerbar el jardín o remover una deliciosa mermelada al fuego lento; pero deben ser tareas que no necesitan de procesos de pensamiento de ninguna clase, aunque tampoco hace falta que sean totalmente triviales. Eso sí, serán tareas que puedan llevarse a cabo en piloto automático. La mente aplacada, casi en blanco. La meditación es sobre todo aprender a apagar un ratito la mente parlanchín para que puedas sentir sin interrupción. Por decirlo de otra manera, pensar sin palabras.

Hay mucha gente que confiesa que les gusta conducir. La conducción puede proporcionar sesiones de meditación menores cuando las condiciones del tráfico exigen poco la toma de decisiones. Simplemente vas con el flujo, a menos que a la vez que manejas el volante trates de recoger un arroz con salsa con una cuchara de plástico de una bandeja de aluminio en precario equilibrio sobre el regazo. Mientras conduces, los cinco -o más– sentidos, resplandientes en sus vaqueros blancos, camiseta en jarras, cinturón de cuero marrón y gafas de espejo, te vigilarán el umbral de la consciencia, Alicia, cuando bajas por la boca de la madriguera.

Es esencial permitir que las imágenes y sentimientos aparezcan libremente, y no encerrarlos protestando bajo la escotilla. Descartar o despistarlos es una receta para la negación, una indicación que los estás juzgando o esquivando: es decir les pones trabas. Puedes discutir con ellos más tarde si eres de carácter argumentativo, pero primero hay que dejarles contarte lo suyo.

 

Los peligros de la “evasión espiritual”

Extracto de “Reflejos – una guía para románticos desconcertados” 2014

‘Mientras seguimos un enfoque espiritual que promete la salvación, milagros y liberación, entonces estamos obligados por la ‘cadena de oro de la espiritualidad.’ OrigenTal cadena puede ser hermosa de llevar, con sus joyas con incrustaciones y tallas intrincadas, sin embargo nos aprisiona. La gente piensa que puede hacer gala de ella sin que le encarcele, pero se está engañando a sí misma. Mientras el acercamiento a la espiritualidad se basa en el enriquecimiento del ego, entonces es un materialismo espiritual, un proceso suicida en lugar de creativo.’ Chogyam Trungpa

Trungpa (1939-1987) fue maestro de meditación budista y abad supremo de los monasterios Surmang en el Tíbet, además de erudito, profesor, poeta y artista. Trungpa fundó más de 100 centros de meditación en todo el mundo y murió a causa de la cirrosis, enfermedad clásica entre los alcohólicos. Así que a pesar de haber sido instrumental en poner el pie budista en la puerta de un Occidente materialista, quizás el maestro no era realmente mucho más eficaz en ayudar a la gente con sus problemas espirituales que un borracho filosófico en la taberna del barrio. Bromas aparte, vale la pena prestar atención a su advertencia de los efectos perjudiciales de la evasión espiritual citada anteriormente.

El término fue acuñado por allá el año 1984 por el psicólogo clínico John Welwood en una comunidad budista en la que se vio involucrado por aquel entonces. Welwood concluyó: ‘Cuando nos estamos evadiendo espiritualmente, a menudo utilizamos el objetivo de despertar o la liberación de racionalizar lo que yo llamo la trascendencia prematura: tratando de elevarse por encima del lado crudo y desordenado de nuestra humanidad antes de haberlo enfrentado plenamente y haber hecho las paces con él. Y luego tenemos la tendencia a utilizar la verdad absoluta para menospreciar o despedir necesidades relativas, sentimientos, problemas psicológicos, dificultades relacionales y déficit de desarrollo [personal]. Lo veo como un ‘riesgo laboral’ del camino espiritual, en el sentido de que un verdadero acercamiento a la espiritualidad significa tener una visión que va más allá de nuestra situación actual.

En pocas palabras: si todavía estamos revueltos por dentro, el camino espiritual nos llevará hasta donde creemos que nos gustaría estar al ritmo de un caracol dominguero. Una de las grandes paradojas de la felicidad: cuánto más se busca, más fácil será que se nos escape de las manos.

¿Cómo sabemos donde nos gustaría estar? ¿Nos lo dijo el mecánico antes de desaparecer debajo de la furgoneta? ¿Lo leímos en el sacudido periódico en el tren atiborrado de trajes de negocio, corbatas y tacones altos? ¿Nos acordamos de cuando nos regalaron la cajita blanca con dibujitos atada con un lazo de seda roja? ¿O es que ni una vez tuvimos que cuestionar dónde estábamos y, por descontado, nos quedamos un rato a jugar y a compartir un poco de tiempo juntos?

Según Robert A. Masters, un sanador espiritual desde la década de los 80 ‘…los aspectos de la evasión espiritual incluyen el desapego exagerado, la insensibilidad emocional y la represión de sensaciones, el énfasis excesivo en lo positivo, la ira-fobia, la compasión tanto ciega como demasiado tolerante…’ (La Evasión Espiritual, 2012). Lo que realmente pasa – exagerando en aras de la claridad – en el caso de aquellos que han adoptado una filosofía vital supuestamente oriental u occidental (y las divisiones entre Oriente y Occidente son menos que claras ya que Mesopotamia yace cómodamente en medio) es que se encuentran constreñidos por un conjunto de reglas voluntariamente impuestas (a menos que sean las normas de la secta) de ‘hay que‘ y ‘eso no‘, las cuales, con toda probabilidad, sirven más para obstaculizar los viscerales sentimientos directos – y por lo tanto llevan a desatender la experiencia personal de estar vivo – que en representar una liberación. Saber citar fragmentos de la poesía sufí puede ser cool mientras tengas cuidado de no caer en el ‘Yo soy superior porque soy Espiritual’; una legitimización popular utilizada para saltar la clase sobre el miedo al sufrimiento. ‘No hemos nacido para sufrir’ se oye por ahí. ¿Sudar mientras pruebas tus límites no es sufrir? ¿Superar a tus miedos no tiene su puntito de gozo, de satisfacción? ¿Se supone que tenemos que estar ganduleando por Babia y no molestarnos en hacer ningún esfuerzo, confundida nuestra ociosidad con el tan festejado fluir?

No puede haber, por supuesto, una oposición vinculante a la sabiduría impartida por ningún filósofo, gurú u otros pensadores de distinción, pero debemos siempre recordar que por muy verdaderas que nos parezcan sus palabras, siguen siendo sólo un modelo, un conjunto de verdades de las que podemos sacar nuestras propias conclusiones, comprando el paquete entero al riesgo de cada uno. Incluso podrían estar equivocados, y encima, puntualizo, el conocimiento de una teoría no significa haber entendido cómo se aplica a tu persona. Y para llegar a comprenderlo, queridos amigos, hay que dejar las excusas en el portal.